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Anna Baar: Als ob sie träumend gingen.

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Reseña

Fragmento (págs. 22-24):

En algunos veranos en los que no caía ni una sola gota de lluvia, el sol achicharraba la tierra hasta convertirla en polvo, y el viento levantaba el polvo de las grietas del karst y se llevaba volando las semillas de los campos y las dispersaba hasta muy lejos en el mar. En tiempos de la gran sequía, cuando los niños y los animales morían como moscas y el fruto de la tierra amenazaba con marchitarse mucho antes de madurar, los aldeanos peregrinaban a la capilla de San Antonio; el último tramo lo hacían siempre descalzos, para apaciguar al encolerizado. Se abstenían de las fiestas, el baile y el júbilo y ponían rostros sombríos, para que Dios notara de inmediato cuán amargo era saldar la culpa que se habían echado encima. Así eran las cosas hasta que la lluvia llegaba y todo retomaba su curso normal, entonces la vida retumbaba desde todas las torres y desde todas las granjas y las ventanas.

También la vida de Klee retomó su curso normal, pero de otra manera. El hijo menor de Darovan, un diligente campesino que solo durante el servicio militar había probado el pan ajeno, era un niño díscolo y revoltoso que temía a las criaturas engendradas por su fantasía y que no tomaba en cuenta los peligros reales, o lo que se consideraba como tal. También tenía la tendencia a hacer el ganso cuando le parecía que la gente en la granja era demasiado seria y monosilábica. Con frecuencia se hacía el gracioso hasta que lo sacudía un ataque de llanto cuando volvía a caer en cuenta de que la risa que provocaba no era una ovación, ni siquiera una señal de alegría sino más bien una burla. Con el tiempo enfiló sus ambiciones en otra dirección, pronto mostró su habilidad en todo aquello que requiriera agilidad, fuerza y valor. Aunque la gente entonces empezó a decir que tenía hormigas en el culo.

Pues así estaban eran las cosas con Klee. Sus buenos deseos e intenciones crecían hasta el cielo, más altos que los cipreses en el cementerio, pero olvidaba que todo aquello que uno emprende en pos de la felicidad propia o ajena sin que nadie se lo pida, puede salir mal. Y que sería el resultado lo que se tomara en cuenta, no la buena intención con la que el acto había sido llevado a cabo. Lo inquietaba sobremanera que su madre, cuya natural inteligencia tenía en alta estima, no quisiera comprender por qué les daba a los gatos los últimos traguitos de leche de cabra o por qué embadurnaba la puerta del establo con miel, de manera que pudiera controlar a las moscas que bullían alrededor de los ojos de la mula. También, que su madre lo hubiera abofeteado cuando le quiso dar un ramo de claveles, convencido de que le causarían una mayor alegría a ella que a la difunta Cata la Remolona, quien ya en vida era tan ciega que era incapaz de distinguir la noche del día. Y que le hubiera propinado otra bofetada porque se limitó a encogerse de hombros cuando la madre le preguntó de dónde había sacado las flores, y eso que lo hizo para ahorrarle a su madre la palabra que de inmediato hace a cualquiera pensar en la muerte. Y que enseguida hubiera recibido la tercera, porque también negó que estuviera mintiendo: ¡quién quería por hijo a un mentiroso! Dios, que todo lo veía, seguramente pensaba como él, que era señal de amor evitarle algo feo a su madre, aunque ella le tomara la verdad embellecida tan a mal como le hubiera tomado la no embellecida, de modo que uno podía pensar que, ante la ley de la decencia, justamente lo hecho con la mejor intención tenía que acabar mal.

Por supuesto, a Klee no se le ocurrió nada mejor que mantenerse firme en su voluntad de hacer con ímpetu aquello que le parecía bien e importante. Apenas tenía cinco años –la cosecha volvía a ser escasa y el hambre, grande– cuando las mujeres del pueblo cerraban los postigos al verlo venir por la calle. Antes, la tuerta Manda lo había visto arrojar algo a los nidos de las golondrinas, por lo que lo llamó a voz en cuello un tirapiedras. En adelante todos creyeron saber a quién iba dirigida principalmente la furia de Dios. Y si bien era posible que la tuerta Manda en verdad hubiera confundido las migajas de pan con una piedra, no era muy probable. Porque con el ojo que le quedaba tenía una visión tan aguileña que incluso podía ver el futuro, don del cual las mujeres del pueblo se servían con avidez cuando la impaciencia y la curiosidad les carcomían las almas. Creían cada una de las palabras de la muchacha y las sostenían de manera férrea. Así pues, Klee siguió siendo el tirapiedras, aun después de la transformación de Manda. Habiendo caído en un estado que le arrebató la videncia, creyó estar poseída por un mal espíritu y se apresuró a buscar a un cura que la pudiera exorcizar. Al parecer, en un largo procedimiento nocturno, este convenció al mal espíritu de que se largara. Pero no por eso la muchacha tuvo más luces. En su decimosexto año de vida comenzó a hacer muecas y a gemir como un animal, y ya solo era capaz de decir una sola frase: Manda, Manda, niña bonita. Por si fuera poco, comenzó a comunicarse por señas, como lo hacen los niños, y volvió a empezar a jugar con su muñeca.

© 2017 Wallstein Verlag, Gotinga
© de la traducción, Claudia Cabrera, 2017

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