Marko Dinic: Die guten Tage.

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Los buenos tiempos
Novela.
Viena: Paul Zsolnay Verlag, 2019.
ISBN 978-3-552-05911-5.

Marco Dinic

Fragmento

El "Expreso de los trabajadores extranjeros" rueda por la autopista húngara de Austria hacia Serbia, y los pasajeros del autobús tienen ante todo algo en común: han tenido que abandonar su patria y ahora están en camino hacia allí para una breve visita o un encuentro familiar. El yo narrador vuelve por primera vez en diez años a Belgrado, cruza la frontera en una dirección donde hace poco aun había personas que intentaban huir del país cruzando en dirección contraria en busca de refugio.

En "Los buenos tiempos", la primera novela de Marko Dinic, no aflora la nostalgia cuando el narrador recuerda los días en que hacían la rabona en la escuela, fumaban marihuana y tomaban cerveza en un decadente suburbio de Belgrado. Agresión mezclada con impotencia y el odio al padre, a los maestros, principalmente a los hombres, que no se han vuelto modelos a seguir en un país en el que la guerra no hace mucho que terminó y los recuerdos de infancia vienen asociados a bombas y explosiones. Un manto de silencio cubre la pregunta acerca de quién hizo qué cosa durante la guerra.

El narrador en primera persona emigró poco después de terminar la escuela, solo, comenzó en Viena una nueva vida... y sin embargo no logra liberarse de la anterior. La falta de orientación lo domina todo, no como efecto de la emigración, sino como su razón de ser. Dinic cuenta de una generación perdida, en estado de furia, que no encuentra nada a que aferrarse, que odia al Estado y a los padres y también se odia a sí misma, porque sigue estando tan vinculada a ese mismo Estado y a esos padres. Es un conflicto generacional y un arreglo de cuentas con la guerra y la posguerra, con la acción de callar los crímenes o referirse a ellos con eufemismos, con la evasión de la responsabilidad.

El odio del yo narrador se dirige principalmente contra un estado anímico que no lo quiere soltar. Se trata de la falta de perspectivas de una generación a la que le robaron el futuro. La guerra destruyó personas, ciudades e ilusiones. No hay manera de salvarse de tal destrucción, y mucho menos como "trabajadores extranjeros eternos".
Partida hay, pero llegada no.
No aun.

Versión abreviada de la reseña de Sabine Dengscherz, 18/2/2019,
t
raducida por Martina Fernandez Polcuch.

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