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Ulrike Schmitzer: Die Stille der Gletscher.

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El silencio de los glaciares.
Fragmento, págs. 101-109:

Magnusson despide al camarero sin pedir nada para consumir.
—Estamos teniendo algún estrés con el Bároarbunga. Pero quiero ayudaros. Os enviaré con un equipo de
National Geographic al glaciar de Vatnajökull, allí podéis hacer un reportaje fotográfico y contarles todo. Yo pago el helicóptero. Pero no apareceré en la historia. El equipo de National Geographic ya está al corriente; en una hora parte el vuelo. Tenéis exactamente una hora allá arriba. Pasado ese tiempo, el helicóptero sobrevolará directamente el Bároarbunga, porque necesito los resultados de las mediciones. Os va a gustar.
[...]

38
Cuando el helicóptero despega, veo en el torbellino de nieve una silueta que nos saluda… O mejor dicho: que nos hace señas de que nos vayamos. Se parece –¡es que no puede ser!—; se parece a Snow. ¡Snow! Le atizo un leve codazo al profesor que está sentado a mi lado para indicarle que mire hacia fuera. Pero tarda tanto en reaccionar que cuando lo hace ya la nieve se ha vuelto una masa impenetrable. Los auriculares me oprimen con fuerza las orejas, atada al asiento por el cinturón y enfundada en un grueso mono de nieve, me siento totalmente prisionera. Las categorías arriba y abajo desaparecen. El helicóptero atraviesa el aire, y yo siento únicamente la velocidad en mi estómago. ¿Qué significa eso? ¿Qué puede estar buscando Snow aquí? Tengo que informar de inmediato a los otros. La hora de vuelo se vuelve una eternidad; dentro de mi cabeza todo da vueltas. Hemos caído en una trampa. Sobrevolamos una superficie de glaciares semejante a un campo recién arado. Las grietas del glaciar se suceden. Por fin llegamos a un glaciar de superficie llana, y hacia él enfila ahora el helicóptero.Mientras flotamos sobre el glaciar, el helicóptero inicia el descenso; nosotros saltamos fuera uno tras otro. Los últimos en saltar al frío son el hombre de la National Geographic y su asistente. La nieve nos llega a todos hasta las caderas. Y entonces ocurre justamente lo que yo había temido: el helicóptero alza el vuelo.Nos quedamos mirándolo fijamente hasta que desaparece en el horizonte.
[…]
Al día siguiente avanzamos a zancadas y en silencio a través de la nieve. No podemos partir sino hasta eso de las nueve de la mañana, ya que antes es demasiado oscuro. Contamos con seis horas, luego volverá a cubrirnos esa negrura infinita. El profesor lidera la comitiva, nadie se atreve a pensar en una fractura del glaciar. No tenemos cuerdas para atarnos unos a otros. El profesor impone un ritmo considerable, la nieve está dura y eso nos permite deslizarnos por su superficie. Solo de vez en cuando un pie atraviesa la nieve y se hunde en las profundidades. Me dejan ir de última para que pueda caminar por el sendero ya trillado. En un par de ocasiones debemos trepar por encima de pequeñas barreras de hielo, nos alzamos mutuamente para superar las paredes, pero las barreras más grandes tenemos que vencerlas dando un rodeo. Pienso en los hermanos Bisson: una de mis fotos preferidas muestra a los integrantes de la expedición trepando como hormigas negras sobre las fracturas del hielo, con bastones de madera y una escalera como únicos accesorios. La escalera de madera yace atravesada entre dos grietas del hielo, y un alpinista está en ese momento arrodillado sobre ella. ¡Cuánto no daría yo ahora por tener una escalera! Me detengo en dos ocasiones para hacer una foto de nuestra caravana. Pero me tiemblan las manos a causa del frío y el agotamiento, las fotos no serán buenas.
[…]
Solo en dos ocasiones tenemos la cobertura necesaria para recibir un par de datos, pero no basta para hacer llamadas; no obstante, podemos corregir nuestra ruta.—Necesitaremos otros dos días –opina el profesor. Su té por lo pronto nos está salvando la vida, pero no podremos resistir mucho más sin ingerir alimento. Mientras bebemos, Robert, el fotógrafo de la National Geographic, intenta mantenernos de buen humor contándonos historias.
Nos cuenta que los antiguos viajeros que visitaban los Alpes llevaban consigo un accesorio imprescindible: un espejo de bolsillo de forma cóncava. Cuando se hallaban ante alguna vista pictórica, sacaban el espejo y admiraban la vista a través del cristal tintado. De ese modo la vista se transformaba en un cuadro con visos de pintura. Ello, al parecer, proporcionaba a aquellos románticos mayor placer que la vista real. Y para el que no se impresionara demasiado con ese pequeño truco, los ingeniosos alpinistas tenían otro a mano con el fin de llevar al extremo la vivencia de las cumbres. Un disparo de pistola coronaba con su eco errante los esfuerzos del ascenso. Hasta ahí la teoría. Pero lo cierto es que cuanto más alto es el glaciar, tanto más se reduce el espacio proporcionado por la montaña para reproducir los ruidos. El estampido se ahogaba antes de poder multiplicarse. Muchos alpinistas fracasaban en su honroso empeño de cantar el himno de sus naciones al llegar a la cumbre. La montaña se tragaba el primer sonido en cuanto éste salía de la boca. Unas bocas abiertas de par en par eran la única muestra de respeto a la nación. El glaciar preservaba su silencio.

© Editon Atelier, Viena 2017
© de la traducción, José Aníbal Campos, 2017

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